HiluMarquez

HiluMarquez 11 de Setiembre de 2017

Jovenes revoltosos

Son las seis de la tarde y un adolescente mastica un chicle con ímpetu, partículas de saliva riegan el banco que el joven comparte con una pareja de cincuenteros. Lleva el pelo rapado y una docena de piercings en el rostro. La mujer abre su billetera y desliza el dedo por una fotografía vieja de Martín a los cuatro años.

Mis dos escasas décadas de existencia en este mundo me resultan un impedimento para tener  certezas, pero si hay algo que en lo que la juventud lleva la ventaja, es que hemos dado un giro copernicano que nos permite entender que la modernidad, lejos de ser un salto hacia la Luna, fue un clavado olímpico hacia un agujero negro. Me pregunto quién podría agradecerle a las generaciones previas, la condena heredada de vivir en una sociedad clasista, violenta, patriarcal y fundamentalista, en dónde las mujeres son mercancía sexual y los hombres materia prima bélica. ¿Quién podría alegrarse de que ningún clon futurista de Hitler no se haya sentido lo suficientemente envalentonado para apretar el famoso botón rojo y hacernos volar por el aire? Me imagino que ese personaje  merece un gran agradecimiento, por recordarnos que tarde o temprano, vamos a terminar siendo confetti molecular en algún lugar del universo.

Provistos de una pesada herencia, no me sorprende el afán de las nuevas generaciones por librar una lucha en repudio a las ruinas arqueológicas de la modernidad: contra el contrato económico-heterosexual matrimonial, contra el adoctrinamiento del cuerpo femenino como una máquina reproductiva, contra los estereotipos y el capital genético, contra la educación tradicional generadora de futuros esclavos con sueldos, contra la aniquilación de otros seres vivos al servicio del egoísmo humano, contra las leyes de la moral y la prisión del espacio privado. Sencillamente, contra el sentido común.

Desde la esfera opuesta, tampoco me sorprende que los adultos se remuevan en sus asientos y se sientan incómodos ante la inminente explosividad de los jóvenes revoltosos. Nos arden las pupilas cuando la señora de barrio reprueba en Facebook la conducta de una adolescente que fuma marihuana y lleva el pelo rosa o repite palabras que rebotan en un pinball connotativo de expresiones racistas, xenófobas y fascistas. La respuesta se encuentra en los mismos cimientos de los cuales florecieron tales personajes, el problema de los adultos, es que se niegan a pasar la posta a sus sucesores, quienes atentan como la dinamita ACME, a volar las cenizas de un sistema que se sostiene a suspiros cansados de sus fanáticos. El conflicto no radica en que los jóvenes digan groserías, se droguen o tomen como unos condenados, el verdadero pornoquito en el trasero es que lo hagan en el espacio público. Aquella distorsión en la norma se percibe como peligrosa porque las conductas del enemigo interno y cercano se vuelven imprevisibles e incontrolables. La irrupción ideológica de la juventud conlleva un replanteamiento terrorífico del sentido común, del esqueleto sagrado que estructura el marco de conductas esperables y sanciona las desviadas. La impotencia de la incertidumbre se convierte en una pesadilla con los ojos abiertos, la paranoia decanta y se condensa en la creación de un “otro” amenazante, en la construcción de un forastero con características inhumanas, al cual le caben represalias del mismo carácter. La especie se repliega en unos pocos, los demás, son bestias.

A modo de cierre, la tradición nos ha dejado indicaciones precisas, cito unas pocas: que las jovencitas rubias escuchen reggaetón con auriculares o confinadas en un boliche nocturno, que desarrollen una personalidad disociada para ser un carnero indefenso en el día y una bailarina exótica dentro de las cuatro paredes. Que los jovencitos mantengan económicamente a las señoritas, que no se les pare en público, que sean muñecos de torta en el día y sementales en el espacio privado. Sin embargo y afortunadamente, los receptores del manual de las buenas conductas exhiben sus primeros pasos para oprimir el botón rojo de la modernidad.

                                 

¡COMENZÁ A ESCRIBIR AHORA!

Todos pueden formar parte de Verum. Creá tu cuenta y comenzá a compartir tus opiniones.

Comenzar
ARTÍCULOS RELACIONADOS
COMENTAR
  • No hay comentarios aún...